Carta semanal obispo

 

La cultura del bienestar


atilano

Hace pocos años los españoles hemos sufrido una profunda crisis económica. Muchas personas aún no han logrado salir de ella y experimentan graves dificultades para afrontar el día a día. Algunos comentaristas, basándose en ciertos índices económicos, señalan que podemos estar ante una nueva recesión de la economía. Quiera Dios que no sea así, pues los más pobres seguirían siendo los perdedores de siempre.

Los cristianos, si intentamos vivir la existencia con seriedad, descubrimos que el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia aportan un conjunto de valores morales que deberían tener sus consecuencias en la actividad diaria y que ofrecen luz para orientar la economía y la convivencia social de forma responsable y solidaria.

La moral cristiana nos recuerda que hemos de ser sobrios, es decir, que no debemos derrochar ni gastar más de lo necesario, que debemos cuidar las cosas que tenemos y prescindir de los gastos superfluos. Sin practicar esta sobriedad en los aspectos económicos, no es fácil pensar en los necesitados ni poner los medios para ayudarles a salir de sus carencias materiales.

Además, la moral cristiana nos pide que seamos laboriosos, que amemos el trabajo

como un medio para desarrollar los talentos recibidos del Señor y para crecer como

personas. El que ama el trabajo y no lo ve como una pesada carga disfruta haciendo las cosas bien, afrontando las dificultades de cada día y poniendo los medios para hacer más fácil la existencia de los demás.

La práctica de la moral cristiana hace posible la solidaridad y la comprensión entre los seres humanos, pues todos dependemos de los demás para crecer como personas. El diálogo sincero, fundamentado en la verdad, es el camino digno para resolver los problemas y para encontrar soluciones aceptables para todos.

La moral cristiana, además, nos ayuda a desarrollar la responsabilidad personal. En la sociedad nos encontramos con instituciones y organizaciones públicas y privadas. Pero, lo más importante para el funcionamiento de las mismas somos las personas concretas. Si somos competentes y honrados, las cosas salen adelante. Si falta el trabajo responsable y la necesaria preparación para desarrollarlo bien, en ninguna organización, sea pública o privada, se conseguirán buenos resultados.

Con frecuencia, algunos ciudadanos y responsables de la vida pública desprecian la moral, como si ésta fuese una cuestión del pasado. Piensan que un cambio político o económico puede solucionar nuestros problemas. La realidad, sin embargo, nos hace ver que ni la sociedad ni las personas pueden progresar adecuadamente sin un trabajo bien realizado y sin unas cuantas convicciones morales sinceras.

Esto quiere decir que los padres, profesores, sacerdotes y consagrados tendríamos que ser los primeros responsables de este ámbito de la formación integral de los niños y de los jóvenes. No deberíamos quedarnos tranquilos, si no ponemos todos los medios a nuestro alcance para ofrecer a las futuras generaciones una estima sincera y profunda de nuestra religión, de la moral cristiana y de la Iglesia católica.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara