Carta semanal obispo

 

Jornada Mundial de los pobres


atilano

Dios, fiel a sus promesas, sale a nuestro encuentro en cada instante de la vida para mostrarnos su amor y para ofrecernos su perdón. El cristiano, para responder a este amor de Dios, manifestado especialmente en la entrega de Jesús a la muerte de cruz, necesita acogerlo antes en su corazón. Sólo así podrá concretarlo con obras y palabras en la relación con Dios y con sus semejantes, especialmente con los más pobres.

El Santo Padre, testigo del amor a los marginados de la sociedad, nos invita a todos los cristianos y a los hombres de buena voluntad a celebrar la Jornada Mundial de los Pobres, el día 19 de noviembre, como prolongación en el tiempo de lo vivido en el Año Jubilar de la Misericordia. Con esta celebración podremos prepararnos espiritualmente para vivir la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, en la que se nos recuerda que seremos juzgados por nuestro amor a los empobrecidos (Cf. Mt 25, 31-46).

Si verdaderamente queremos encontrar a Jesucristo en la vida diaria, hemos de convertirnos a los pobres, en los que ha querido hacerse especialmente presente. Esto quiere decir que debemos vivir con la profunda convicción de que el amor a los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Como nos recuerda el Papa, en el mensaje publicado con ocasión de esta Jornada, “los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio”.

Los cristianos no podemos decir en verdad que amamos a Dios, a quien no vemos, si no amamos a los pobres que están diariamente a nuestro lado. Esto tiene que impulsarnos a una sincera conversión que nos lleve a poner nuestra mirada y a abrir nuestro corazón a quienes nos tienden la mano clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Ellos son nuestros hermanos y hermanas, queridos y amados por el Padre celestial.

La oración del Padre nuestro es la oración de los pobres, es la oración de quien experimenta sufrimiento y marginación a causa de las limitaciones de su existencia personal y de la carencia de lo necesario para vivir. Al rezar esta oración, todos experimentamos la urgencia de vencer nuestros egoísmos para compartir la vida y los bienes con los hermanos, experimentando así la alegría de la mutua aceptación.

Entre las muchas iniciativas que podemos llevar a cabo en esta jornada, además de la oración por los empobrecidos y por quienes provocan con su egoísmo y avaricia la pobreza en el mundo, hemos de comprometernos a la realización de acciones concretas de solidaridad y cercanía con los más necesitados de la sociedad.

Que María, nuestra Madre, nos ayude a hacer de esta Jornada un momento fuerte de evangelización y de anuncio del amor de Dios, asumiendo que Él derriba de su trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Con mi cordial saludo y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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