Carta semanal obispo

 

Religión y paz universal


atilano

 

Los medios de comunicación nos ofrecen cada día demasiadas noticias de violencia, de enfrentamientos armados, de secuestros, de injusticias económicas y de persecución religiosa en distintos lugares del mundo. Como consecuencia de estas lacras sociales, muchos hermanos sufren marginación, desprecio y, en el mejor de los casos, tienen que huir de su tierra, abandonando a su familia y dejando atrás su historia y su cultura.

En ocasiones, algunas personas profundamente ideologizadas y sin un verdadero conocimiento de la realidad consideran que estas manifestaciones violentas se deben a las convicciones religiosas de los ciudadanos. Sin embargo, el papa Francisco nos recuerda que el culto sincero y humilde a Dios no puede ser nunca causa de discriminación, de odio entre hermanos y de violencia hacia ellos, sino de respeto escrupuloso a la sacralidad de la vida y de motivo para defender la libertad (FT 283).

La violencia no tiene nunca fundamento en las convicciones religiosas, sino en la deformación de las mismas, en el desconocimiento de la identidad de Dios o en las interpretaciones erróneas de los textos religiosos. En realidad, el que no ama a sus semejantes, los desprecia y margina socialmente, no conoce a Dios porque, como nos dice San Juan, Dios es amor (I Jn 4, 8).

Las actuaciones violentas que amenazan la seguridad de las personas, sembrando el pánico, el terror y el pesimismo deben ser condenadas en todas sus formas y manifestaciones, porque quienes actúan así, aunque afirmen que lo hacen por sus convicciones religiosas, en realidad actúan por intereses políticos y económicos. Por eso, tanto ellos, como quienes les apoyan económicamente ofreciéndoles el armamento necesario para perpetrar actos violentos deberían ser investigados, denunciados y condenados.

Las convicciones religiosas sobre el sentido sagrado de la vida humana nos permiten reconocer los valores fundamentales de nuestra humanidad común. Precisamente, en virtud de estos valores, podemos y debemos colaborar, construir, dialogar, perdonar y crecer como hermanos, permitiendo que el conjunto de las voces de todos forme un noble y armónico canto en vez del griterío fanático del odio (FT 283).

Si queremos recorrer un camino de paz y de fraternidad universal, en el que las convicciones religiosas tengan el puesto que se merecen, será preciso no solo defender el derecho de libertad religiosa por parte de las autoridades civiles de cada país, sino proteger este derecho humano fundamental para todos los creyentes en todos los rincones de la tierra. Hoy, desgraciadamente, no es suficiente defender los derechos de los demás con la palabra, es preciso protegerlos con gestos y actuaciones concretas.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día delo Señor

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara