Carta semanal obispo

 

Libertad religiosa


atilano

 

Durante el tiempo litúrgico del Adviento, la Palabra de Dios nos invita al silencio, a la vigilancia y a la oración para prepararnos espiritualmente a la celebración del nacimiento de Jesucristo. De este modo, podremos contemplar con gozo y actualizar sacramentalmente este misterio de fe en las celebraciones litúrgicas de la Navidad.

En este tiempo de gracia y salvación, los cristianos somos convocados a elevar la mente y el espíritu hacia la meta final de nuestra peregrinación por este mundo, recordando con alegría desbordante el nacimiento de nuestro Salvador en Belén de Judá. Así, la esperanza cristiana, que siempre se orienta al futuro, nos ayuda a descubrir su fundamento en un acontecimiento del pasado.

En estos momentos de profunda indiferencia religiosa y de crisis generalizada como consecuencia de la pandemia provocada por la transmisión incontrolada de la Covid-19, todos necesitamos detener nuestras prisas y preguntarnos por el lugar que ocupa Dios en nuestra existencia. Cada uno, conocedor de sus vacíos y de sus miedos, sabe en todo momento si está huyendo de Dios o, por el contrario, lo busca con sincero corazón.

Con frecuencia, vivimos demasiado distraídos y no acabamos de plantearnos la vida ante el misterio último de nuestra peregrinación por este mundo. Ponemos la ilusión y la esperanza en los honores, la riqueza, el poder, el éxito o el prestigio, que nos conducen a la rutina espiritual y a la indiferencia religiosa. Para vencer el sueño y no caer en la nada, el Señor nos invita a velar y a orar sin desfallecer, buscando las cosas de arriba y profundizando constantemente en el sentido de nuestra vida.

La oración nos ofrece la posibilidad de plantearnos responsablemente el misterio último de la existencia. Nos ayuda a preguntarnos si podemos confiar únicamente en nosotros mismos y en nuestras capacidades o, por el contrario, necesitamos confiar en Dios y en el cumplimiento de sus promesas. La oración nos pone en comunión con el Resucitado para que experimentemos que solo Él puede responder plenamente a las preguntas más vitales y a los anhelos más profundos del corazón humano.

Ante la clausura de la vida interior en los propios intereses y ante la falta de espacio para Dios y para los demás, el papa Francisco nos invita a renovar ahora mismo el encuentro con el Señor, en el lugar o situación en que nos encontremos o, al menos, a tomar la decisión de dejarnos encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.

“No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor” (EG 3). Con mi sincero afecto y bendición, pido al Señor que el tiempo litúrgico del Adviento sea una ocasión propicia para que todos nos abramos a Él, para que nos dejemos curar de las prisas y pongamos la confianza en el misterio de su amor.

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara